MI BIOGRAFÍA

 



Mi nombre es Ramón Eladio Graff Rojas, nací el 14 de marzo de 1939 en la población de San Rafael de Orituco, estado Guárico, Venezuela. Soy el sexto miembro de una familia de nueve hermanos. Mis padres, Carmen Trinidad Rojas Armas y Ramón Rafael Graff Barrios, ambos venezolanos de nacimiento, se unieron en matrimonio el 5 de diciembre de 1925 en la población de Guanape, estado Anzoátegui. Desde ese momento iniciaron un peregrinaje por diferentes regiones de la provincia guariqueña y la ciudad de Caracas buscando mejores condiciones de vida. En su peregrinar añadieron más miembros al grupo familiar. Cuando llegaron a San Rafael de Orituco en el año 1938 tenían cinco hijos y este que escribe su historia venía en el vientre materno

Desde niño llevé como apodo el nombre de “Ranchero” por qué cuando estaba en el vientre materno, mi madre vio una película mexicana de los años treinta titulada “Allá en el Rancho Grande” cuyo protagonista Tito Guízar lo nombraban en la película José Francisco “El Ranchero” Mi madre quedó tan gratamente impresionada con José Francisco, que el día de mi nacimiento quiso registrarme con ese nombre, pero ante la negativa de mi padre solo le quedó la opción de colocarme el apodo de “Ranchero”.

Nací y crecí en una familia tradicional, una familia unida y feliz. Una familia donde mis padres me enseñaron un modelo de vida, una forma de vivir. Los años de infancia, adolescencia y parte de mi vida adulta los viví en la ciudad de Caracas.

Mi infancia fue feliz, logré relacionarme e integrarme a mi grupo familiar obteniendo la mayor suma de estabilidad emocional posible. Aprendí el sentido de pertenencia, aceptar y respetar normas de convivencia familiar y social. Las dificultades económicas familiares de la época me impidieron asistir a la escuela a temprana edad, sin embargo, cuando tuve la oportunidad de hacerlo fue una ventana abierta a otra realidad social desconocida hasta esos momentos. En ella aprendí a relacionarme con otros niños, aceptar las diferencias, pertenecer a grupos y formar gradualmente mi carácter. A mis doce años de edad culminé mi educación básica.

Mi adolescencia como toda juventud, fue inquieta, llena de rebeldías, de juegos y amoríos. No creo que hice nada en especial durante esta etapa juvenil, sino repetir lo que la misma naturaleza del ser humano realiza a esa edad tan inestable, llena de energía e incertidumbre. En mi andar de adolescente conocí otros lugares y otras personas. Logré tener afectos de nuevas amistades, compañeros de estudios y cortos amoríos que me hicieron compañía. Durante esta fase de mi vida inicié y terminé mis estudios de educación media y obtuve los logros esperados para continuar mi ascenso hacia lo que quería. Viví momentos dolorosos por la muerte de algunos seres queridos, pero nada detuvo el propósito que tenía.

Cuando inicié la edad adulta comprendí que la madurez no se adquiere cuando llegamos a una edad determinada, sino cuando logramos la estabilidad psíquica y emocional suficiente, que nos permita adquirir la independencia personal y la capacidad asumir responsabilidades propias, familiares y sociales. Durante esta etapa de mi vida culminé mis estudios universitarios y logré el título de médico-cirujano en la Universidad Central de Venezuela el 9 de agosto de 1968. Ese mismo año obtuve una beca para realizar estudios de posgrado en la especialidad de ginecología y obstetricia en la Maternidad Concepción Palacios en la ciudad de Caracas. Obtenido el título en la especialidad el 16 de octubre de 1970, continué laborando en esa misma institución hasta el año 1973 cuando decidí abandonar la ciudad de Caracas y ejercer en la provincia venezolana.

En el mes de agosto de 1974 ingresé como médico especialista al Hospital Central de Maracay ubicado en el estado Aragua a 92 kilómetros de la capital. En dicho hospital me desempeñé como médico adjunto del servicio de obstetricia, posteriormente, fui nombrado coordinador de la residencia de postgrado en esa especialidad y luego jefe del servicio de obstetricia. Durante mis ocho años de labores en ese hospital fui profesor contratado por la universidad de Carabobo para estudios médicos de pregrado. Fui padrino de la primera promoción de médicos postgrado y recibí un diploma de reconocimiento de los estudiantes salientes de pre grado. El 27 de marzo de 1977 fue bautizado y publicado mi libro “Normas de Obstetricia” que se convirtió en un texto obligatorio de consulta en el ámbito de pre y postgrado.

El 12 de marzo de 1979, un nuevo presidente asumió el poder en Venezuela y se produjeron cambios en toda la administración pública a nivel nacional. El jefe del departamento de gineco-obstetricia fue despedido y algunos médicos fuimos acosados para obligarnos a renunciar al cargo.

En abril de 1980, a las 9 de la noche salía yo de una clínica privada para dirigirme a mi hogar, iba acompañado de una colega. Al llegar al estacionamiento de la clínica, en forma sorpresiva, dos delincuentes nos interceptaron y nos obligaron a entrar al vehículo, nos dieron órdenes de quitarnos la ropa, entregar nuestras pertenencias, mantener la cabeza entre las piernas y las manos en alto, luego, conduciendo nuestro vehículo tomaron rumbo desconocido. Después de varias horas y de recorrer varios kilómetros, a las cuatro de la mañana, nos abandonaron en una zona montañosa. En la oscuridad, desnudos y apartando ramas de arbustos que se interponen al caminar pudimos llegar hasta un camino que nos condujo a una vivienda, allí encontramos ayuda y nos llevaron a la estación de policía más cercana donde nuestros familiares pudieron rescatarnos.

A raíz del secuestro y la presión política a que fui sometido abandoné el cargo del hospital y la atención privada de partos en las clínicas, tan solo quedé con la atención en el consultorio de los pacientes de ginecología. El tiempo libre lo dediqué a estudiar psicología en la “Universidad de la Tercera Edad”, en Valencia, estado Carabobo. Después de cinco años de estudios de mi nueva carrera universitaria recibí la desagradable noticia del cierre de la universidad por rivalidad política entre el dueño de la institución y el presidente del gobierno de turno. Ante este hecho ninguna otra institución quiso reconocer nuestros estudios, ante tal situación solo me quedó resignación y el consuelo del aprendizaje obtenido.

Con relación a mi vida afectiva, tanto en la infancia como en la adolescencia tuve amores. En la infancia fue un amor de contemplación, amor de niño. En mi adolescencia temprana tuve amores con una chica que nos unía un sentimiento mutuo de apego, sin otro propósito que el de compartir momentos agradables y llenar espacios que hasta ese momento permanecían vacíos.

En mi adolescencia tardía un tercer amor llegó a mi puerta y sentí la necesidad de compartir un presente y un futuro, pero como el amor está en la piel y la distancia lo disipa, esta última marcó la pauta y dictó el final. La experiencia vivida no dejó resentimientos ni traumas que lamentar, solo bellos recuerdos y agradecimientos por ayudarme a crecer como persona.

En mi edad adulta intenté en dos oportunidades aplicar el modelo de hogar donde nací y crecí, pero las frágiles bases que sustentaron la relación cedieron ante el paso del tiempo y al final todo se derrumbó dejando tres hijos en la frontera, a los que amé y seguiré amando toda la vida. Mi intento fallido me generó una gran frustración y tristeza porque no pude hacer realidad lo que en ese momento era mi mayor aspiración, pero con el dolor a cuesta no cedí ante la dificultad del momento ni perdí la esperanza de encontrar una nueva oportunidad a la ilusión que sentía.

Varios años después, tuve la oportunidad de compartir algunos momentos agradables con la que hoy es mi mujer. Durante nuestras charlas hablamos de nuestras vidas, de su fracaso y de los míos, de mis hijos y de los suyos, de la situación que, por el momento, ambos vivíamos. Me encontraba ante una mujer adulta, luchadora, con ideas afines y entusiasmo de empezar de nuevo. Ella provenía de un grupo familiar estable y unido, una separación conyugal anterior y dos hijos por quien luchar. Se parecían tanto nuestras vidas, que sin volver la vista atrás decidimos intentar una relación de pareja. Fue así, como un 23 de julio de 1982 nos unimos en matrimonio y en un viaje de luna miel nos embarcamos con cinco hijos en un crucero por el mar caribe en un agradable viaje familiar. Un año después nació nuestra hija que constituyó el eslabón que nos permitió ensamblar una bella familia con los suyos, los míos y lo nuestro.

Hoy estoy aquí, en el otoño de la vida junto a la mujer que acompañó mis pasos, con la soledad del nido vacío, pero felices ante la realidad de nuestros sueños. Y aunque parezca que concluye algo aún sigue, porque queda tiempo para ver los años pasar, la nueva semilla crecer y escribir la historia de vida.